Volver a casa
Isabella Cuenca Aguilar, Comunicación Social y Periodismo
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Luego de estar viviendo 2 años en Bogotá, volví a mi ciudad natal, Ibagué, para cumplir, en compañía de mis papás y mi mascota, con el aislamiento obligatorio debido al Covid-19 que ha dejado alrededor del mundo a más de 617297 víctimas y 7166 en Colombia.
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Foto: Paula Duque, Comunicación Audiovisual y Multimedios
Miedo, ansiedad, tristeza e incertidumbre son algunos de los sentimientos con los que vivo desde el pasado 13 de marzo. Me gradué de uno de los mejores colegios de mi ciudad y decidí irme a estudiar a Bogotá. Con tan solo 17 años, decidí enfrentarme a una vida completamente diferente a la que estaba acostumbrada. En los 2 años que llevo viviendo en la capital, he querido devolverme varias veces a Ibagué, pero nunca me imaginé que el motivo de mi regreso sería una pandemia.
Esta historia comienza a finales del 2019 en China, cuando se advirtió de la posible llegada de un nuevo virus. El covid-19 apareció en Wuhan convirtiendo esta ciudad en el epicentro de una pandemia que, sin duda, marcará la historia de la humanidad. El número de personas infectadas aumentaba, al igual que el número de muertos. Las cifras eran desconsoladoras y apenas comenzaba una nueva década.
El 2020 avanzaba y las noticias hablaban del posible inicio de una tercera guerra mundial, de los incendios en Australia y del asombroso show del Super Bowl. Sin embargo, mientras todo esto pasaba, el covid-19 llegaba de visita, permanente, a más países. Los primeros días de enero, el tour patrocinado por este virus era solo en Asia, luego decidió romper sus fronteras continentales y se dirigió a Norteamérica, para luego hacer un viaje por Europa y África, que terminaría en un viaje sin regreso por todo el globo terráqueo. El 30 de enero, la Organización Mundial de la Salud declaró el posible riesgo de salud pública internacional. Pero solo hasta el 11 de marzo la enfermedad fue declarada como una pandemia.
De las noticias al país
El 6 de marzo del 2020, se confirmó el primer caso de coronavirus en Colombia. Pilar Aguilar se encontraba en una droguería en el momento en el que salió dicha noticia: “estábamos comprando unos medicamentos y de repente los teléfonos sonaron, las personas llegaron a comprar tapabocas, antibacteriales y alcohol, en cuestión de minutos eso quedo vacío”. Para el 11 de marzo, eran 6 los casos confirmados en el país. Era evidente que la vida estaba muy lejos de seguir siendo normal. Cuando fui ese jueves al centro comercial, las personas ya estaban usando tapabocas y eran muy precavidas. A pesar de que la situación avanzaba y el covid-19 ya estaba conociendo otros departamentos del país, las personas seguían intentando llevar su vida con normalidad.
Soy estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana. Después del 11 de marzo, empecé a sentir que mi vida pronto cambiaría. El día 13 de marzo, vi la posibilidad de que no volvería a tener clases presenciales en un buen tiempo, debido al avance exponencial del número de casos, la insistencia, por parte de los medios de comunicación, de la Organización Mundial de la Salud y del Ministerio de Salud, sobre las prevenciones del covid-19 (distanciamiento social y buena higiene); también, mi amiga Mariana me había comentado que en su universidad ya habían suspendido las clases por una semana, mientras los profesores recibían capacitaciones para las aulas virtuales. Por otro lado, ese día en mi clase de Taller de Géneros Interpretativos las medidas y la situación del covid-19 fue el tema de conversación. Por eso, decidí aprovechar mi último día en la calle e ir a comer con mi mejor amiga. “¿Isa, y si no ponen clases virtuales?, ¿cómo hacemos para transportarnos?”, era la angustia de Juliana. Yo tenía claro que no iba salir de mi casa hasta el lunes 16 de marzo para ir a la universidad.
Durante todo el fin de semana, sentí miedo, pues las cifras en el país aumentaban desproporcionadamente, para llevar solo una semana; la situación en Italia era desconsoladora, y mi prima “Mechis”, que vive en España, me recomendaba que no saliera de casa y regresara a Ibagué. Mis amigas del colegio estaban más preocupadas que yo: acordamos encontrar la manera de regresarnos, sin tener que viajar en bus, cuando nuestras universidades cancelaran clases presenciales.
El 15 de marzo, las instituciones educativas en las que estudian mis amigas ya habían comunicado el inicio de las clases virtuales. Sentía miedo de quedarme en una posible cuarentena en Bogotá lejos de mis padres. Tengo la fortuna de vivir con mi tía, su esposo y mis primos. Ya estábamos en una especie de aislamiento desde el viernes 13, pero igual yo quería pasarlo con mi papá y mi mamá, pues me dan más tranquilidad, además el clima caliente me sienta mejor y en esos días tenía mucha congestión debido a la sinusitis y rinitis. Temía, entonces, que cerraran Bogotá, pues mi plan inicial era viajar el jueves 19, por el cumpleaños de mi papá. Sin embargo, todo cambiaría el 15 de marzo.
Regresando al calor ibaguereño
A las 5:30 del domingo 15 de marzo, llegó el correo que tanto esperé ese fin de semana. No me había bañado, pero yo solo pensaba en hacer maleta, no sabía ni cómo, ni cuándo iba a viajar, pero estaba como una loca corriendo y empacando lo primero que veía, me cambié y seguía sin saber qué iba hacer. Llamé a mis papás y ninguno me contestó, le dije a mi tía y ella me calmó. Mi primo ya iba a salir de viaje para Ibagué, tenía que venir por unas cosas del trabajo y el carro ya iba lleno, pues iba a viajar con amigos, pero la familia va primero, así que me dejó viajar con él.
La ciudad que me vio nacer y crecer la volvería a ver pero esta vez de una forma diferente, en aislamiento. Yo sabía que iba a viajar a Ibagué pronto, pero no me imaginaba que para quedarme encerrada en mi apartamento. Yo me veía visitando a mi abuelita, saliendo con mis amigas, comiendo en mi restaurante favorito, haciendo mi viaje rutinario de cada mes desde hace 2 años. Claramente mis planes cambiaron en el momento en el que me subí al carro de mi primo.
Yo amo Ibagué, soy feliz de haber nacido aquí, amo la comida típica de acá, me encanta la tradición, los paisajes, soy hincha del Tolima desde pequeña. Pero hace 3 años tomé la decisión de irme de acá, en ese entonces no sabía qué iba a estudiar, pero tenía claro que mi hogar sería Bogotá y vivir en Ibagué sería cuestión de recuerdos. Sí, yo vengo aquí a pasar todas mis vacaciones, pero son vacaciones, no tengo clases virtuales. Ahora, no estoy ni cerca de tener vacaciones, esto es volver a vivir en Ibagué, pero de una manera diferente.
Decretos pijaos
El 17 de marzo, la Alcaldía de Ibagué decretó el primer toque de queda (de 7:00 p. m - 6:00 a. m.) para todos los ibaguereños y un toque de queda de 24 horas para los menores de edad y personas mayores de 60 años. (Decreto #1000-0204) Para esta fecha, el Covid-19 no conocía la ciudad que vio nacer al cantante Santiago Cruz.
El 18 de marzo, el coronavirus conoció el hogar de la lechona y el tamal. Al siguiente día, la alcaldía ibaguereña y la gobernación tolimense decretaron prohibir el ingreso a personas no nacidas en el territorio y adoptaron medidas para proteger a los tolimenses del covid-19, mediante el decreto 1000-0211.
Antes de que la Presidencia de la República determinara el aislamiento social obligatiro (Decreto 457 de marzo 2020), el territorio pijao ya había tomado medidas. Para algunos, exageradas; para otros, las correctas. Para la ibaguereña María Paula Nieto Aguilar, las medidas eran necesarias, pues como ella dice: “son medidas conscientes que garantizan la seguridad y la vida de todos los ciudadanos en el Tolima, prima el interés general sobre el particular. En una situación como la que estamos viviendo es esencial mantenernos con salud. Por eso la vida debe estar por encima que la economía, porque si no hay vida no hay economía. De una recesión económica podemos salir Mientras de la muerte, nadie”.
El aislamiento continúa
Sé que mi vida cambiará después de esta pandemia, de hecho ya está cambiando porque mi padre, Luis Cuenca, trabaja desde su casa desde el 17 de marzo. “Solucionar los problemas que han surgido en proveer el transporte del papel higiénico es más complicado ahora por el hecho de que no se está produciendo la misma cantidad”, comenta el trabajador de productos Familia.
Sin embargo, en esencia, mi historia es la misma. Desde el 16 de marzo, mis días son similares: levantarme, asistir a clases virtuales, hacer trabajos, ayudar en la casa, jugar con mi perrita y ver series. Para mi fortuna yo amo estar en mi casa, no me imagino cómo estaría si fuera lo contario.
Me da miedo lo que pueda pasar, me da miedo y tristeza pensar en las personas que viven de lo que consiguen a diario, he hecho todo lo que está a mi alcance para ayudarlas. Pero siento que este problema nos va ayudar para entender la vida, reflexionar sobre las cosas, reencontrarnos con nosotros mismos y volver a casa, porque tal vez hace mucho no estamos... y no lo digo por el hecho de vivir en otra ciudad, sino porque vivimos tan inmersos en el ajetreo del día a día que, probablemente, hemos permanecido ausentes.